6 abr. 2017

Verdaderos monstruos

Por Sara Romero Moreno (2º ESO B) 
Premio Concurso de relatos de terror, horror, misterio.

Las estrellas estaban escondidas tras las densas nubes en aquella noche de octubre, en la que las gotas de rocío otoñal bajaban lentas por los parabrisas. El asfalto, también húmedo, hacía difícil el camino de aquella muchacha que cruzaba la calle, esperando el verde del semáforo, a pesar de no haber ni un solo coche. Se le había hecho tarde en la biblioteca. Tras estudiar unas cuantas horas, se le había hecho irresistible coger uno de esos libros de terror que tanto le gustaban. Adoraba ese género pero, sobre todo, los de monstruos; desde vampiros o fantasmas hasta dragones y mantícoras. Tras varias horas buceando entre las letras, el malhumorado bibliotecario le había pedido que abandonase el recinto, que tenía que cerrar.


Empezó a escuchar un ruido, como un chapoteo tras de ella. Pero no era nada, sólo el viento, arrastrando folletos de propaganda olvidada. Se aferró a su carpeta, sintiendo cómo el sudor entre sus dedos humedecía el plástico. Aceleró el paso, deseando llegar a su piso, refugiarse entre las mantas, y probablemente seguir donde lo había dejado con su querido amigo Poe. 

Volvió a escuchar el ruido, y giró la cabeza hacia todos lados de nuevo. Nadie otra vez. 
Tal vez sea un vampiro. Y con una risa interna pensó: Vamos, “Drac”, intenta hacerme algo. Lo he leído todo sobre ti, amigo. Dejó vagar a su imaginación y algo más calmada, comenzó a descartar posibles bestias que podrían atacarla. Un hombre lobo no, porque no hay luna llena. ¿Un dragón en Sevilla? No lo creo. Un basilisco tampoco porque no hay grandes cañerías. Y un fantasma menos porque no he abierto ningún…

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una mano grande, de dedos gruesos y palma callosa sobre su boca. Ahogó un grito, y dejó caer todos sus libros al suelo, donde las historias dejaron de tener sentido, y la tinta huyó junto a la lluvia por un desagüe. Forcejeó inútilmente con aquel hombre, que la arrastraba al callejón del bar donde desayunaba todos los días antes de ir a la universidad. 
Se aferró al brazo del agresor y con sus uñas le marcó un profundo arañazo desde el codo a la muñeca. Él blasfemó, y la tiró al suelo de un puñetazo. No sabía qué hacer. Le dolía el pómulo y todo le daba vueltas. Tenía sangre bajo las uñas y en la barbilla, y se había hecho daño en las rodillas al caer. Toda su ropa estaba húmeda y tenía más frío que nunca. 
Aquel hombre rasgó los botones de su camisa, y la arrojó a algún lugar entre los cubos de basura. 

Entonces, ella comprendió que sus fantasmas y sus vampiros eran inofensivos. Que no eran más que historias divertidas en la seguridad que te daba poder cerrar el libro en cualquier momento.
Comprendió que los monstruos existían, y había uno mirándola con una maliciosa sonrisa, en la entrada de aquel oscuro callejón. 

Dedicado a todas esas guerreras, que libran batallas con los más horribles monstruos.  


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