Por Guillermo Arranz Sánchez (4º ESO C)
Premio Concurso relatos terror, horror, misterio
Le dio una patada a una lata de
Coca-Cola, que desapareció por un callejón a su izquierda. Lucy levantó la
cabeza y miró el callejón con detenimiento. ¿Había estado siempre ahí? Nunca lo
había visto. Giró la vista a la calle donde se encontraba. Todavía quedaba
mucho que andar para llegar al siguiente cruce y girar a la izquierda en
dirección a su casa. Con un poco de suerte la callejuela tendría una salida al
otro lado y se ahorraría todo ese camino.
Sin nada que perder, se adentró en
ella. Los muros grises a los lados estaban cubiertos de hiedra y musgo. En el
pavimento había porquería de todo tipo y cubos de basura a los lados, a rebosar
de desperdicios. Lucy se tapó la nariz y la boca; aquello apestaba. No tardó en
preguntarse si el atajo merecía la pena.
—Más te vale tener una salida al
otro lado —amenazó al callejón con un gruñido.
Entonces algo llamó su atención.
Tras girar la calle ligeramente a la derecha, vio un cartel de madera sobre un
escaparate y una puerta de madera antigua. En el cartel se podía leer: "La
Señora de las Marionetas", y debajo: "La mejor tienda de títeres
artesanales".
Lucy pegó su rostro al escaparate,
observando las bellas muñecas de lana que había expuestas, con hilos en las
extremidades. Al fondo de la tienda había marionetas más grandes y de todo
tipo: personas con diferentes oficios, caballeros y princesas, dragones,
animales de todas las especies...
Lucy miró la hora. Las tres y
media. Todavía tenía tiempo para echar un vistazo sin que su madre se
preocupase. Y quizá dentro habría calefacción...